Hachiko y la gratitud japonesa

Es posible que hayas oído hablar de la historia del perro fiel: un perro que pasó los últimos nueve años de su vida en una estación de tren esperando el retorno de su amo. Esta historia es real y la protagonizó Hachiko, un perro de raza akita que nació en 1924 y falleció en 1935. Cada día el perro acompañaba el profesor Eisaburo Ueno a la estación de trenes de Shibuya y volvía a la estación por la tarde a recogerle. Un día de 1925 el profesor sufrió un ataque cardíaco en una clase y falleció, por la tarde Hachiko fue a recoger su amo, como siempre hacía, y al ver que este no volvía se quedó en la estación esperándole.

Su conmovedora fidelidad no pasó inadvertida, de hecho, en 1934, se levantó una estatua en bronce para homenajear al comportamiento de Hachiko, él mismo estuvo presente. Un año más tarde Hachi murió, su cuerpo fue respetuosamente velado en la sala de equipajes de la estación y luego fue disecado y expuesto en el Museo Nacional de Ciencia de Japón. Durante la II Guerra Mundial su estatua fue fundida para fabricar armas, pero en 1947 volvieron a erigirla.

Aunque sea una historia bonita, más de una persona podría cuestionarse porqué es tan importante en Japón. Pues aquí va la respuesta: la historia de Hachiko representa el “on” japonés. En el libro “El Crisántemo y la Espada” la antropóloga Ruth Benedict explica que el “on” es un valor esencial de la cultura japonesa: es una especie deuda de gratitud. La deuda de gratitud en Japón es algo tan serio como una deuda financiera. Así un hijo tiene una deuda de gratitud impagable hacía sus padres, pues estos le dieron la vida. Igualmente en la década de 30, un japonés se enfadaba mucho si se caía por la calle y acudía un extraño a ayudarle, pues esto automáticamente significaba que estaba en deuda de gratitud con un desconocido.

Tal vez iría mejor a occidente practicar un poco más de “on” y a los japoneses practicarlo con más desenfado.