El adormecido poder del consumidor

En la década de 70, en el nordeste de Brasil, las alpargatas tenían fama de ser un zapato para “gays”. El principal fabricante de este calzado decidió tomar riendas en el asunto para modificar esta percepción e hizo un anuncio en el cual un popular jugador de futbol (muy heterosexual, por supuesto) recomendaba las alpargatas. Después de un tiempo realizaron una encuesta a la población y los resultados fueron tajantes: el jugador de fútbol era gay.

En esta anécdota vemos las dos caras de la moneda: por un lado el poder del consumidor para decidir como piensa y qué hace y, por el otro lado, el constante asedio del marketing para transformar sus percepciones y decisiones de compra en favor de un producto. Obviamente hay elecciones en las que sea cual sea el veredicto las consecuencias son insignificantes, pero hay unas cuantas que son de suma importancia y en estas el consumidor debería despertar y aplicar todo su poder para transformar las empresas.

Pese a la aparente legalidad y honradez de las empresas y de los productos que encontramos en el mercado, sospechamos que en países en vías de desarrollo se explota la mano de obra y se contamina el medio ambiente, sabemos que se hacen acuerdos con gobiernos opresores para conseguir apreciadas materias primas, intuimos que grandes corporaciones (productoras y distribuidoras) usan su poder económico para eliminar la competencia e imponer precios a sus proveedores, y también empezamos a darnos cuenta de que nuestras condiciones de vida retroceden y van en dirección a las condiciones de los países que explotamos.

La cantidad de productos, empresas y malas prácticas es tan inmensa que nos abruma y nos sentimos incapaces de separar justos de pecadores. La situación es tan compleja que preferimos rendirnos y comprar lo que nos digan en los anuncios o nos pongan en las estanterías. Y aunque tengamos un poder inmenso, lo dejamos adormecido.

Habrá quien diga que somos libres de elegir lo que queremos, pero esto es parcialmente correcto. Pregúntate en cuantos lugares puedes comprar camisas que no hayan sido hechas a partir de algodón transgénico, que los tintes sean ecológicos y que no hayan originado vertidos ilegales y que hayan sido cosidas por trabajadoras que reciben un sueldo digno. O que marcas te dan estas garantías. Rápidamente observarás que de salida, no dispones de esta información. Y que la situación se repite en casi todas las categorías de productos.

Por otro lado, también se puede alegar que los gobiernos deben redactar leyes que nos garanticen la calidad y la ética en la industria. Esto es como las cosas deberían ser, no es como son en realidad. Ya sea por conflicto de intereses, por incompetencia o por no poder controlar cuestiones que extrapolan los límites del propio país, la realidad es que los gobiernos contribuyen muy poco y muy lentamente a un mercado equitativo, justo y ético.

Y otra vez nos encontramos con la pelota en nuestras manos. Podemos decidir si queremos seguir dormidos y comprar lo que nos echen, o bien si queremos hacer uso de nuestro poder, que es muy pequeño individualmente, pero que es enorme si consideramos a toda la comunidad. Y este día, aunque las empresas nos digan que seremos más felices y tendremos más éxito si compramos sus productos, les diremos que mientras no nos garanticen que son justos, éticos y sanos no los compraremos.

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